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Beatificación:
Señal de hondura de fe e invitación a una vida cristiana plena
La proclamación por la Iglesia de un santo o un beato es fruto de la
unión de varios aspectos relativos a una persona concreta. Primero,
es un acto que dice algo importante en la vida de la misma Iglesia.
Está ligado a un “culto”, por ejemplo, a la memoria de la persona, a
su pleno reconocimiento en la conciencia de la comunidad eclesial,
del país, o de la Iglesia universal en distintos países, continentes
y culturas. Otro aspecto es la conciencia de que la “elevación a los
altares” será un importante signo de la hondura de la fe, de la
difusión de la fe en el itinerario vital de esta persona, y que este
signo se convertirá en una invitación, un estímulo para todos
nosotros hacia una vida cristiana incluso más profunda y plena.
Finalmente, la condición sine qua non es la santidad de la vida de
la persona, verificada en los precisos y formales procedimientos
canónicos. Todo ello proporciona el material para la decisión del
sucesor de Pedro, del Papa, con vistas a la proclamación de un beato
o un santo, del culto en el contexto de la comunidad eclesial y de
su liturgia.
El pontificado de Juan Pablo II fue un elocuente y claro signo, no
sólo para los católicos, sino para la opinión pública mundial, para
personas de todos los colores y credos. La reacción mundial a su
estilo de vida, al desarrollo de misión apostólica, al modo como
soportó su sufrimiento, la decisión de continuar su misión petrina
hasta el final como querida por la divida Providencia, y finalmente,
la reacción a su muerte, la popularidad de la aclamación “¡Santo,
ya!”, que algunos hicieron el día de su funeral, todo ello es base
sólida en la experiencia de haberse encontrado con la persona que
era el Papa. Los fieles sintieron, experimentaron que era un “hombre
de Dios”, que realmente ve los pasos concretos y los mecanismos del
mundo contemporáneo “en Dios”, en la perspectiva de Dios, con los
ojos de un místico que alza los ojos sólo a Dios. Fue claramente un
hombre de oración: tanto es así que, sólo en la dinámica de unión
personal con Dios, de la escucha permanente a los que Dios quiere
decir en una situación concreta, fluía la entera actividad del papa
Juan Pablo II. Quienes estuvieron más cercanos a él pudieron ver
que, antes de sus entrevistas con sus visitantes, ya fueran jefes de
Estado, altos dignatarios de la Iglesia o sencillos ciudadanos, Juan
Pablo II se recogía en oración por las intenciones de los visitantes
y de la reunión a celebrar.
1.- Aportación de Karol Wojtyla al Concilio Vaticano II
Tras el Vaticano II, durante los pontificados de Pablo VI y Juan
Pablo II, el modo de presentación, y entonces de autopresentación
del papado, ha sido completamente expresiva. Con motivo del 25
aniversario del pontificado de Juan Pablo II, el Ministerio de
Asuntos Exteriores italiano publicó en 2004 un libro titulado “Id
por todo el mundo”. Giancarlo Zizola, vaticanista reconocido,
subrayó que “el papado ha conquistado su ciudadanía en el reino de
la visibilidad pública, saliendo del lugar de marginación del culto
a donde había sido relegado por decreto de la sociedad secular, en
nombre de una visión militante del principio liberal de separación
de Iglesia y Estado (p. 17). Un historiador alemán, el jesuita Klaus
Schatz, hablando de Pablo VI y de Juan Pablo II, subrayó el
significado de “papado itinerante” –por tanto en conformidad con el
Vaticano II- más en modo de un movimiento misionero que como un polo
estático de unidad. Schatz se refiere a la manera de interpretar la
misión papal como una llamada a “confirmar en la fe a los hermanos”
(Lucas 22, 32), en un modo ligado a la autoridad estructural pero
con un fuerte toque espiritual y carismático, en relación con la
credibilidad personal y arraigada en el mismo Dios.
Detengámonos un momento a considerar el Vaticano II. El joven
arzobispo de Cracovia fue uno de los padres conciliares más activos.
Hizo una aportación significativa al “Esquema XIII”, que luego
devendría en la constitución pastoral del Concilio Gaudium et Spes
sobre la Iglesia en el Mundo Contemporáneo, y la constitución
dogmática Lumen Gentium. Gracias a sus estudios en el extranjero, el
obispo Wojtyla tenía una experiencia concreta de evangelización y de
la misión de la Iglesia, en Europa occidental o en otros
continentes, pero sobre todo del ateísmo totalitario en Polonia y en
otros países del bloque soviético. Llevó toda esta experiencia a los
debates conciliares, ciertamente no como conversaciones de salón,
muy corteses pero vacías de contenido. Aquí había un esfuerzo
sustancial y decisivo por insertar el dinamismo del Evangelio en el
entusiasmo conciliar arraigado en la convicción de que el
cristianismo es capaz de dar un “alma” al desarrollo de la
modernidad y a la realidad del mundo social y cultural.
Todo esto sería utilizado en preparar las futuras responsabilidades
del sucesor de Pedro. Como Juan Pablo II dijo, el ya tenía en mente
su primera encíclica, Redemptor Hominis, y la trajo a Roma desde
Cracovia. Todo lo que tenía que hacer en Roma era redactar todas
estas ideas. En su encíclica, hay una amplia invitación a la
humanidad a redescubrir la realidad de la redención en Cristo: El
hombre (...) permanece como un ser incomprensible para sí mismo, su
vida no tiene sentido, si no se le revela el amor, si no encuentra
el amor, si no lo experimenta y lo hace suyo, si no participa
íntimamente en él. Esto, como ya se ha dicho, se debe a que Cristo
el Redentor “revela plenamente al hombre su mismo ser”. (...) el
hombre reencuentra la grandeza, dignidad y valor de su propia
humanidad. En el misterio de la Redención, el hombre es nuevamente
“expresado” y, en cierta manera, es nuevamente creado. (...) El
hombre que desea comprenderse a sí mismo a fondo --y no sólo de
acuerdo a los inmediatos, parciales, a menudo superficiales, e
incluso ilusorios estándares y medidas de su ser- debe con su
inquietud, incertidumbre e incluso debilidad y pecaminosidad, con su
vida y muerte, acercarse a Cristo. Debe, en cierto modo, entrar en
él con todo su propio ser, debe “apropiarse” y asimilar la totalidad
de la realidad de la Encarnación y la Redención para encontrarse a
sí mismo (n° 10).
Esta unión de Cristo con el hombre es en sí misma un misterio. Del
misterio ha nacido “el hombre nuevo”, llamado a ser copartícipe de
la vida de Dios, y nuevamente creado en Cristo por la plenitud de la
gracia y la verdad. (...) El hombre es transformado interiormente
por este poder como fuente de una nueva vida que no desaparece y no
pasa sino que dura hasta la vida eterna. (...) Esta vida, que el
Padre prometió y ofreció a cada hombre en Jesucristo (...) es en
cierto modo la plenitud del “destino” que Dios ha preparado para él
desde la eternidad. Este “destino divino” progresa, a pesar de todos
los enigmas, los enigmas sin resolver, giros, vueltas del “destino
humano” en el mundo temporal. En efecto, mientras tanto, mientras
todo esto, a pesar de todas las riquezas de la vida temporal,
necesaria e inevitablemente lleva a la frontera de la muerte y al
fin de la destrucción del cuerpo humano, más allá de este fin vemos
a Cristo. “Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí...
nunca morirá” (n° 18).
2.- Totus Tuus, confianza en María Madre de Dios
La vida de Juan Pablo II se dedicó totalmente al servicio del Señor,
por intercesión de su Madre. Su lema era Totus Tuus, ya fuera para
el bien de la Iglesia o para el del hombre que es el camino para la
Iglesia (Redemptor Hominis, n° 14). Esta es la “razón de ser” de los
viajes apostólicos internacionales, los encuentros diarios con la
gente, con los responsables de comunidades eclesiales, con
cardenales y obispos, con los cabezas de otras Iglesias y
comunidades cristianas, los líderes de otras religiones y con los
laicos. Esto es también verdad en los documentos escritos por el
papa, las relaciones diplomáticas de la Sante Sede con los estados y
organizaciones internacionales. La profunda convicción del valor del
Vaticano II –no sólo sobre la necesidad sino también sobre la
posibilidad, para la Iglesia, de ofrecer el Evangelio de Cristo y
construir sobre él la experiencia de la Iglesia como una inspiración
vibrante y energética de la visión y mecanismos del mundo moderno-
fue siempre convicción del papa.
En 1989, cayó el Muro de Berlín pero, a nivel internacional, se
podía sentir la fuerza destructiva de los mecanismos comerciales y
de los intereses privados económicos e ideológicos, incluso muchos
de ellos anónimos, que traían injusticia y marginación a todos los
pueblos –incluso a ciertos grupos sociales en los países
desarrollados--, y en especial se podía percibir que la vida humana
había sido devaluada. En muchos viajes apostólicos internacionales a
los varios continentes, el Papa proclamó el Evangelio de Cristo y la
preocupación de la Iglesia. Escribió de modo más sistemático las
encíclicas Laborem Exercens, Sollicitudo Rei Socialis, Centesimus
Annus; y también Evangelium Vitae, Veritatis Splendor, Fides et
Ratio; y las encíclicas que tenían que ver directamente con la vida
y el apostolado de la Iglesia, como Dominum et Vivificantem,
Redemptoris Missio, Ut Unum Sint, Ecclesia de Eucharistia.
3 – La guerra de Iraq y la “paz ofensiva”
A menudo, como en el caso de los esfuerzos realizados para evitar la
guerra entre los Estados unidos e Iraq, existe una auténtica “paz
ofensiva”, no sólo para salvar la vida de las personas, también para
frenar el crecimiento del odio y las dementes ideas sobre el
enfrentamientos entre las civilizaciones, o sobre el nuevo fenómeno
de terrorismo a gran escala. De ahí el discurso de Año Nuevo ante
los cuerpos diplomáticos acreditados en la Santa Sede, también el
inolvidable febrero de 2002 en el que el Papa mantuvo encuentros con
diplomáticos de “primera categoría”, J.Fischer (el 7 de febrero);
Tarek Aziz (el 14 de febrero), Kofi Anan (18 de febrero), Tony Blair
(22 de febrero, Jose Mª Aznar y el enviado de Seyyed Mohammed
Khatami, presidente de la República Islámica de Irán (27 de
febrero); y finalmente, debido a la insostenible situación humana,
la deciisión de mandar al cardenal Echegaray en misión especial a
Bagdad (15 de febrero) y al cardenal Pío Laghi a Washington (del 3
al 9 de marzo). El “febrero del Papa” concluyó con el encuentro del
cardenal J.L. Tauran con los 74 embajadores y diplomáticos del mundo
entero; el secretario por las Relaciones con los Estados, el
“ministro de Asuntos Exteriores” del Papa, el cardenal Tauran hizo
un llamamiento para evitar la guerra, y les recordó todo lo que el
Papa había dicho en su “paz ofensiva”.
4 – Año 2000 Jubileo: una realidad histórica para recordar la venida
de Jesús de Nazaret
La entonces actual tarea de Juan Pablo II se centró en la pastoral y
vida de la Iglesia: las visitas ad Limina de los obispos de todo el
mundo, las audiencias de los miércoles y los encuentros de los
domingos con los fieles, para el Ángelus, las visitas pastorales a
las parroquias de Roma. Todo fue hecho y recordado para promover la
proclamación de Cristo, para acercar a nuestros conocimientos Su
Persona, y “las palabras que Cristo había dicho cuando estaba a
punto de dejar a los Apóstoles nos habla del misterio de la vida del
hombre, de uno y de todos, el misterio de la historia de la
humanidad. Bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo es una inmersión en el Dios viviente, 'en uno que es, que fue
y que será'. El Bautismo es el principio del encuentro , de la
unión, de la comunión, y de esta vida terrenal no es más que un
prólogo y una introducción; cumplimiento y plenitud pertenecen a la
eternidad. La imagen de este mundo se desvanece. Debemos
encontrarnos a nosotros mismos, en el 'mundo de Dios', con el fin de
llegar a la meta, ir hacia la plenitud de la vida y de la vocación
del hombre” (Cracovia, 10 de junio de 1979).
“Esta es precisamente una de las cosas que Juan Pablo II quiso más:
explicar claramente que nosotros miramos a Cristo que viene; por
supuesto El que vino, pero aún más el que vendrá, y ésto, desde este
punto de vista, mantiene nuestra fe, orientándonos hacia el futuro.
En este camino, somos realmente capaces de presentar un mensaje de
fe, en una nueva manera, desde la perspectiva de Cristo que viene.
(Benedicto XVI, Luz del Mundo).
El Gran Jubileo de la Redención, en el año 2000, no fue para Juan
Pablo II, un “pretexto” para la acción pastoral, sino que ante todo
fue una realidad histórica que recuerda la venida de Jesús de
Nazaret y todo lo que este acontecimiento histórico ha traído
consigo, a saber, la Redención, el Testimonio del Amor de Dios en la
Cruz y en la Resurrección, la vida de la Iglesia primitiva, el
camino de salvación realizado por el Salvador por el que ha
introducido a su Iglesia como un signo e instrumento de unidad
interna con Dios, así como de la familia humana. El año Jubileo del
Año 2000 nos trae de la Tierra Santa, tierra de Jesús, y de Roma,
sitio del apostolados del Sucesor de Pedro, el vínculo de
autenticidad del mensaje y de la unidad de la comunidad eclesial. El
mensaje ha sido reformulado en las Cartas Tertio Millenio Adveniente
y Novo Millennio Ineunte. Pero para el Papa lo que más importaba era
el agradecimiento personal y de la Iglesia entera a nuestro Señor
Jesús y el encuentro en la fe con el que Él nos ha amado hasta el
final, que nos ha salvado y sigue siendo un signo tan necesario en
un mundo que se está volviendo cada vez más sordo, mientras trata de
organizar su vida como si Dios no existiese, errando sin identidad y
sin sentido.
5 – Atención a la Juventud y el significado de las JMJ
Juan Pablo II acostumbraba a analizar los resultados de sus Viajes
Apostólicos al extranjero con sus colaboradores, para identificar lo
que se había hecho bien, y prever cambios para los viajes sucesivos.
Tras el viaje a Polonia en 1991, el papa se dio cuenta que, durante
la Misa en Varsovia, en las zonas más alejadas, los jóvenes iban y
venían, bebían cerveza o coca-cola, y volvían. “No era como en los
viajes anteriores, dijo, ha habido un cambio en la mentalidad de la
sociedad. No vale la pena fijarnos en los 'primeros puestos'. Los
VIP están siempre sentados de la misma manera, pero los 'márgenes'
son importantes y merecen nuestra atención”. Es importante fijarnos
en que el Papa no usaba la palabra “multitud”: él siempre veía y
prestaba atención a "la gente". Era muy atento al papel de los
laicos en la vida y misión de la Iglesia. Es muy significativo que,
cuando todavía era capellán de la Universidad de Cracovia,
aprovechara un breve periodo de "deshielo político" en 1957 para
organizar – en colaboración con el arzobispo de Wroclaw, Boleslaw
Kominek - un simposio en la ciudad para más de 100 estudiantes
universitarios de toda Polonia (¡por primera vez desde hacía
décadas!) precisamente sobre el tema "El papel de los laicos en la
Iglesia" (¡y esto fue años antes del Concilio Vaticano II!). Más
tarde, durante las vacaciones de verano, organizaba ejercicios
espirituales en la sede de las Hermanas Ursulinas de la Unión Romana
de Bado Slaskie para un grupo un poco más pequeño de participantes
del simposio de Wroclaw, precisamente para promover la "formación de
los laicos".
Con la creación de las Jornadas Mundiales de la Juventud, el Papa
dio su apoyo a diversas formas de actividad de los laicos en la vida
y misión de la Iglesia, allanando así el camino a iniciativas muy
significativas, algunos años más tarde, durante el pontificado de
Benedicto XVI: la celebración, en septiembre de 2010 en Corea, de un
importante Congreso de laicos católicos de Asia, las reuniones de
los obispos africanos que cada vez alientan más a los laicos a
ocupar cargos de responsabilidad en los sectores de la
evangelización, la actividad social y en ámbito educativo de la
Iglesia, la significativa presencia de laicos católicos en la Misión
Continental de América Latina.
Al revisar su pontificado, Benedicto XVI hace una observación de los
cambios generacionales a escala mundial, y llega a la misma
conclusión que su predecesor, a saber, que "los tiempos han
cambiado". Mientras tanto, una nueva generación ha llegado, con
nuevos problemas. La generación de finales de los sesenta, con sus
propias peculiaridades, vino y se fue. Incluso la siguiente
generación, más pragmática, ha envejecido. Hoy en día, hay que
preguntarse: "¿Cómo podemos hacer frente a un mundo que se pone en
peligro, y en el que el progreso se convierte en un peligro? ¿No
deberíamos empezar todo de nuevo desde Dios?"(Luz del Mundo). Así
que Benedicto XVI hace un llamamiento "a que pueda surgir una nueva
generación de católicos, personas renovadas interiormente, que se
comprometan en la política sin ningún complejo de inferioridad" (una
idea muchas veces repetida por el Papa, por ejemplo, en el Mensaje
para la 46 ª Semana Social de los católicos italianos, 12 de octubre
de 2010). Él sigue pidiendo una nueva generación de buenos
intelectuales y científicos, atentos al hecho de que "un punto de
vista científico que ignora la dimensión ética y religiosa de la
vida se vuelve peligrosamente estrecho, justo como sucedería a una
religión, si se negara a una legítima contribución de la ciencia a
nuestra comprensión del mundo" (Londres, St. Mary's College, 17 de
septiembre de 2010); el Papa pide una"nueva generación de laicos
cristianos comprometidos, capaces de buscar, con rigor y competencia
moral, soluciones de desarrollo sostenible" (7 de septiembre de
2008).
6 – La sencillez de la oración de Juan Pablo II
Cuando recordamos lo que Juan Pablo II llevó a cabo, los "grandes
eventos" se mezclan con el recuerdo de momentos sencillos de
oración, que fueron una fuente de asombro incluso para sus
colaboradores. Voy a mencionar sólo dos, procedentes de dos
diferentes períodos de su vida. En los años setenta, yo era capellán
de los estudiantes de la Universidad Católica de Lublín. Al inicio
del año académico, el entonces cardenal de Cracovia vino para
participar en la Eucaristía en la iglesia de la universidad, en la
inauguración oficial del gran salón, y en el almuerzo. Después de
eso, el cardenal estaba listo para regresar a Cracovia. El rector de
la Universidad, el padre Krapiec, lo acompañó hasta el coche, pero
se detuvo a charlar con otro invitado, tanto que hicieron para
llegar al coche. Pero he aquí que ¡el cardenal había "desaparecido"!
Los diez segundos que esperaron les pareceron diez siglos. El
rector, acostumbrado a tener todo bajo control, no sabía dónde podía
haber ido el cardenal. Me preguntó: "¿Dónde está Wojtyla? ¡El
cardenal ha desaparecido! ¿Dónde está?" Con una leve sonrisa
burlona, me tomé un tiempo antes de responderle, sólo para tomarle
el pelo un poco. Entonces le dije: "Probablemente ha ido a la
iglesia". Allí fuimos, y efectivamente, encontramos al cardenal,
arrodillado en oración delante del Vía Crucis.
El otro recuerdo fue en 1999, durante su séptimo viaje apostólico a
Polonia. Duró 13 días, con 22 paradas en el programa, desde el Norte
hacia el Sur del país. Un programa mucho más allá de las capacidades
físicas del papa. Uno de esos días, tenía que celebrarse – según el
programa – la bendición del Santuario de Lichen, la Eucaristía en
Bydgoszcz, a continuación una reunión con la gente de la
universidad, la liturgia del Sagrado Corazón, en relación con la
beatificación del p. Frelichowski en otra ciudad, en Torun, y
después volver a Lichen para la noche. ¡Un día de lo más ocupado!
Así que, después de la cena, la comitiva papal se fue a la cama
inmediatamente. Pero el Papa se encerró solo en la capilla por un
largo, muy largo momento de oración. Quedabamos sólo tres de
nosotros: monseñor Chrapek, encargado de la planificación de la
visita para el episcopado, yo mismo, como "asistente", y el famoso
Camillo Cibin, jefe de la seguridad del Vaticano. Por fin, el Papa
salió de la capilla para ir a su dormitorio. Cibin me dijo: "Padre
Andrea, tráigame una silla. Pero una que sea dura, de madera, no un
sofá, dos tazas de café, café fuerte, y una manzana”. Todo ello para
ayudarle a esperar toda la noche en la puerta de la habitación del
Papa, que no se había cerrado del todo, para determinar si el Papa –
no sólo cansado, sino también de edad avanzada – respiraba con
normalidad o si tenía alguna necesidad de ayuda. La santidad
personal del Papa era algo que estaba más allá y por encima de la
estima de que gozaba entre sus colaboradores más cercanos, y esto
era muy significativo.
7 – El testamento de Juan Pablo II
Juan Pablo II era consciente del hecho de que estamos viviendo
momentos muy difíciles de la historia, que el Sucesor de Pedro tenía
el deber de confirmar en la fe, pero era igualmente consciente de
que el aspecto más importante fue el de confiar en Dios. El
testamento que él escribió en 1979, y que modificaba todos los
años,durante los ejercicios espirituales, nos da un poderoso
testimonio de ello. Del 24 febrero al 1 de marzo, escribió:
“24.II – 1.III.1980. Durante estos ejercicios espirituales he
reflexionado sobre la verdad del Sacerdocio de Cristo ante el paso
que supone, para cada uno de nosotros, la hora de nuestra muerte.
Para nosotros, partir de este mundo - para renacer en el siguiente,
el mundo futuro, signo elocuente (añadía la palabra decisivo sobre
ella), es la Resurrección de Cristo (...) Los tiempos que vivimos se
han convertido en indeciblemente difíciles y preocupantes. La vida
de la Iglesia también ha vuelto difícil y tenso, una prueba
característica de estos tiempos – para los fieles y los pastores. En
algunos países (como uno sobre el que leí durante los ejercicios
espirituales), la Iglesia se encuentra en un momento de la
persecución igual al de los primeros siglos, tal vez más, teniendo
en cuenta el grado de crueldad y de odio. Sanguis martyrum - semen
christianorum. Por otra parte, tantas personas inocentes han
desaparecido, incluso en este país en el que vivimos …
Una vez más deseo confiarme totalmente a la gracia del Señor. Él
decidirá cuándo y cómo debo terminar mi vida terrena y mi ministerio
pastoral. En la vida y en la muerte Totus Tuus, mediante la
Inmaculada. Aceptando ya esta muerte, espero que Cristo me dé la
gracia de este último pasaje, es decir, (mi) Pascua. Yo también
espero que la haga útil para esta causa más importante a la que
trato de servir: la salvación de los seres humanos, la protección de
la familia humana, en todas las naciones y entre todos los pueblos
(entre ellos me refiero, en particular, a mi propio país natal),
útil para aquellos que, de una manera especial, se me han confiado,
en la Iglesia, para gloria del propio Dios".
El 5 de marzo de 1982, añadió: "El atentado contra mi vida, el
13.V.1981, ha confirmado, en cierto modo, la exactitud de las
palabras escritas durante los ejercicios espirituales de 1980 (24.II
– 1.III). Siento aún más profundamente que estoy totalmente en las
Manos de Dios – y permanezco continuamente a disposición de mi
Señor, encomendándome a Él en Su Inmaculada Madre (Totus Tuus)".
Posteriormente, el 17 de marzo del Año Jubilar 2000, número 3: "Como
cada año, durante los ejercicios espirituales, leo mi testamento del
6.III.1979. Sigo manteniendo las disposiciones contenidas en él. Lo
que se ha añadido, en ese momento y durante los siguientes
ejercicios espirituales, constituye un reflejo de la situación
general difícil y tensa que ha marcado los años ochenta. Desde el
otoño de 1989, esta situación ha cambiado. La última década del
siglo pasado estuvo libre de las tensiones anteriores; esto no
significa que no hubiera nuevos problemas o dificultades. De manera
especial, que la Divina Providencia sea alabada por ello, el periodo
llamado "guerra fría" ha terminado sin un violento conflicto
nuclear, una amenaza que pesaba sobre el mundo durante el período
anterior" (palabras subrayadas por el propio Papa).
8 – Un aspecto esencial del nuevo Beato: “Dios es el fundamento de
todos nuestros esfuerzos”
Este es de nuevo un aspecto esencial, si se quiere entender más
profundamente la personalidad del nuevo Beato para la Iglesia, Karol
Wojtyla – Juan Pablo II. El fundamento de todos los esfuerzos de
nuestra vida está en Dios. Estamos rodeados por el amor divino, por
los resultados de la Redención y la Salvación. Pero hay que ayudar a
que se arraigue profundamente en Dios mismo, debemos hacer todo lo
posible para que se creen actitudes personalesy sociales arraigadas
en la realidad de Dios. Esto requiere paciencia, tiempo y la
capacidad de verlo todo a través de los ojos de Dios.
La última y breve peregrinación del papa Juan Pablo II a Polonia,
más concretamente a su “patria chica", a Cracovia, Wadovice y al
Camino de la Cruz (de Kalwaria Zebrzydowska), mostró una
determinación, pero también una agudeza espiritual "en el proceso de
maduración en el tiempo" para que toda la humanidad, especialmente
la comunidad eclesial y cristiana, pudiese comprender mejor algunos
de los aspectos fundamentales de la fe. Desde el comienzo de su
pontificado, en 1978, Juan Pablo II hablaba a menudo en sus homilías
de la misericordia de Dios. Esta se convirtió en el tema de su
segunda Encíclica Dives in Misericordia, en 1980. Era consciente de
que la cultura moderna y su lenguaje no tienen un lugar para la
misericordia, tratándola como algo extraño, sino que tratan de
inscribirlo todo en las categorías de la justicia y la ley. Pero
esto no es suficiente, porque no es en absoluto la realidad de Dios
9 – Confiar al mundo a la Divina Misericordia
Más tarde, el Papa tomó algunas medidas para finalizar el proceso de
beatificación de sor Faustina Kowalska, y la canonización (2000).
Toda la comunidad eclesial fue llevada a sentir la cercanía de esa
persona tan íntimamente vinculada con el mensaje de la Misericordia,
lo que facilitó el desarrollo de este tema para Juan Pablo II,
mostrando la realidad de la Divina Misericordia en los muchos
contextos alrededor del mundo, en los diversos continentes de la
humanidad hoy.
Por último, en agosto de 2002, en Lagiewniki, donde sor Faustina
vivió y murió, Juan Pablo II confió el mundo a la Divina
Misericordia, a la confianza ilimitada en Dios, el Misericordioso, a
Aquel que ha sido no solo una fuente de inspiración, sino también de
la fuerza de su servicio como Sucesor de Pedro. “Es el Espíritu
Santo, Consolador y Espíritu de verdad, quien nos conduce por los
caminos de la Misericordia divina. Él, convenciendo al mundo "en lo
referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente
al juicio" (Jn 16, 8), al mismo tiempo revela la plenitud de la
salvación en Cristo. Este convencer en lo referente al pecado tiene
lugar en una doble relación con la cruz de Cristo. Por una parte, el
Espíritu Santo nos permite reconocer, mediante la cruz de Cristo, el
pecado, todo pecado, en toda la dimensión del mal, que encierra y
esconde en sí. Por otra, el Espíritu Santo nos permite ver, siempre
mediante la cruz de Cristo, el pecado a la luz del "mysterium
pietatis", es decir, del amor misericordioso e indulgente de Dios (cf.
Dominum et vivificantem, 32). Y así, el "convencer en lo referente
al pecado", se transforma al mismo tiempo en un convencer de que el
pecado puede ser perdonado y el hombre puede corresponder de nuevo a
la dignidad de hijo predilecto de Dios. En efecto, la cruz "es la
inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre (...). La
cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más
dolorosas de la existencia terrena del hombre" (Dives in
misericordia, 8). La piedra angular de este santuario, tomada del
monte Calvario, en cierto modo de la base de la cruz en la que
Jesucristo venció el pecado y la muerte, recordará siempre esta
verdad. (…) ¡Cuánta necesidad de la misericordia de Dios tiene el
mundo de hoy! En todos los continentes, desde lo más profundo del
sufrimiento humano parece elevarse la invocación de la misericordia.
Donde reinan el odio y la sed de venganza, donde la guerra causa el
dolor y la muerte de los inocentes se necesita la gracia de la
misericordia para calmar las mentes y los corazones, y hacer que
brote la paz. Donde no se respeta la vida y la dignidad del hombre
se necesita el amor misericordioso de Dios, a cuya luz se manifiesta
el inexpresable valor de todo ser humano. Se necesita la
misericordia para hacer que toda injusticia en el mundo termine en
el resplandor de la verdad. Por eso hoy, en este santuario, quiero
consagrar solemnemente el mundo a la Misericordia divina. Lo hago
con el deseo ardiente de que el mensaje del amor misericordioso de
Dios, proclamado aquí a través de santa Faustina, llegue a todos los
habitantes de la tierra y llene su corazón de esperanza. Que este
mensaje se difunda desde este lugar a toda nuestra amada patria y al
mundo. Ojalá se cumpla la firme promesa del Señor Jesús: de aquí
debe salir "la chispa que preparará al mundo para su última venida"
(Homilía en Lagiewniki, 17 de agosto de 2002).
Esto hizo los últimos meses en la vida del papa Juan Pablo II,
marcados por el sufrimiento, llevando su Pontificado a su
cumplimiento.
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